
Si hubiese que definir el estado de los pensamientos que hoy cruzan la mirada congelada de Hélène, sería confusión.
“Si tienes que morir, ¿prefieres que te avisen o que la muerte llegue de golpe?”
"El yo de yo soy, no es el yo de yo pienso. La sensación de existir no es todavía un yo. Es una sensación irreflexiva que ha nacido en mí, pero que aún no es un yo".
“Me arrojaría contra ti, invicta. Incomplaciente”.
“Se ha ido para siempre”.
“Cuando uno está muerto y uno vive”.
“Yo no soy culpable de desearlo”.
"Aún no es un yo".
"Cuando miro al cielo a través de las estrellas, sólo veo lo que ha desaparecido".
"Aún no es un yo".
Espérale un segundo.
"Aún no es un yo".
1 comentario:
Una sola lágrima en el rostro de una mujer es como un torrente que inunda el pecho de un hombre. Es un relámpago que fluye por entre las venas del corazón, resbalando con lentitud y abrasión. Esa gota es el alma de la mujer que llora, que desea salir de su cuerpo, y abrazarse desde fuera. Es la pena que rebosa, que colapsa el cuerpo y brota. Una gota, una lágrima que se funde en el ambiente, que se evapora y asciende.
Que se condensa en el cielo y desciende.
Una lágrima que acaba en las manos del hombre apenado en un día de lluvia, atormentado por esa mujer tan bella. Esa joven que llora.
Una emoción tal como la resultante de la lectura de las palabras de Hélène. Intensas entradas en su blog. A veces deseo esos períodos en que no escribe, pues pienso que la razón tal vez sea su mayor felicidad. Pero a su vez me descubre un mundo de películas desconocidas.
Hélène es grande. Muy grande. Hélène se merece cantar bajo la lluvia, no provocarla.
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